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Ser Gay. Dejé unas notas para ti.   
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Novela
Valentín Martínez
Por qué escribí Sombras en el balneario
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 Por qué escribí Sombras en el balneario

En cierta ocasión un amigo mío me dijo: he estado en un lugar que cuando lo veas seguro que escribes una novela que se desarrolla allí.
 
Me quedé intrigado. Me contó que se trataba del balneario de Corconte, en Cantabria. Él estaba en aquella zona por trabajo y entró por casualidad para almorzar. Me dijo que era un lugar muy bonito y que la decoración era alucinante, que parecía que no había pasado el tiempo por allí. Coincidió que tenía que volver a la zona y regresar en el día, quedamos en que le acompañaría.
 
Solo el lugar donde se alzaba el balneario era impresionante. Estaba junto al embalse del Ebro, rodeado de praderas verdes en las que pastaban vacas y caballos. El edificio era impresionante; más tarde leí que el estilo de su arquitectura era románico montañés, pero lo que realmente me sedujo fue el interior con una fabulosa y bien cuidada decoración modernista.
 
El comedor principal, la cafetería, el salón de juegos, un salón de baile impresionante rodeado de columnas blancas… en el pasillo estaba enmarcado el menú que sirvieron el día que un alto mando alemán estuvo en las instalaciones. También había fotografías con coches de época y gente vestida a la moda de principios del siglo veinte. Cuando vi el recinto donde se encontraba la piscina de aguas termales y una fuente de donde se bebía el agua medicinal que brotaba en aquella zona me quedé fascinado y enamorado inmediatamente de aquel lugar.
 
Después de unos meses, decidí pasar un fin de semana con la pareja que tenía por entonces. Tuvimos la suerte de que nos dieron una habitación de las pocas que tenía un balcón. Estaba en un lateral del edificio y hacía esquina con la fachada que daba al embalse disfrutando de una visión parcial de él. Recuerdo que en el anochecer de aquel día llovió y el techo del balcón nos permitió salir y observar un potrillo que se acercó hasta las instalaciones del hotel campando tranquilamente a sus anchas.
 
Todo era hermoso y había mucha paz. Enseguida se me disparó la imaginación. Tomé buena nota mental de todo el edificio y sus dependencias. En el comedor, al que se acudía al toque de una campana que había en recepción, estaban las mesas puestas con mucho detalle, la comida era abundante y estaba muy bien presentada. Las camareras iban con uniforme y el servicio fluía con agilidad. Como anécdota, en una mesa, al fondo, había un sacerdote que llamó a una de las camareras con una campañilla. A ella no le debió de hacer mucha gracia, pues al mirar hacia él cambió su gesto por uno menos amable.
 
En el pasillo que unía el hotel con la zona de aguas termales había una capilla. Era probable que aún se dieran misas en ella. Una de las cosas que también me llamó la atención fue que la mayoría de los huéspedes era gente mayor. Creo que aquella noche, mi pareja y yo, éramos los más jóvenes, a excepción de alguna de las camareras.
 
Sacamos muchas fotos. Curiosamente en algunas de ellas aparecían de esas esferas flotantes que llaman vórtices energéticos y que algunos piensan que se trata de manifestaciones de algún tipo de espíritu. Hasta eso se confabuló para que poco a poco me fuera surgiendo la trama.
 
Se me ocurrió que podría tratarse de una investigación por parte de un detective en relación con algún suceso trágico que se hubiera desarrollado allí y que además se manifestara algún fenómeno extraño que tuviera intrigado a los dueños, al personal y a algunos huéspedes del hotel.
 
Pasaron algunos meses hasta que visualicé toda la estructura de la novela. Veía a los personajes tomando vida propia y moviéndose por el balneario como si los hubiera visto de verdad, en carne y hueso, durante aquel fin de semana que estuve allí. Poco a poco se fueron mostrando en mi imaginación los dueños del balneario, las difíciles relaciones que mantenían entre ellos, las apariciones en el pasillo que conducía hasta la zona del spa y el detective Samuel Trusant. También imaginé unos pasadizos que no me extrañaría que existieran; aunque solo fueron fruto de mi imaginación ya que nada vi ni escuché sobre ellos.
 
El apellido del detective es fruto de una anécdota. Mi pareja y yo estábamos comiendo en un restaurante de Madrid. Y yo estaba todavía creando a los personajes de la novela. De pronto entró un muchacho musculoso y bien parecido en el comedor. Mi pareja dijo: fíjate, parece un “trusan”. Bueno eso fue lo que entendí. Después de un rato le pregunté, que has querido decir con que ese hombre parecía un trusán. ¿Un trusán? Yo no he dicho eso. He dicho que parecía un croissant, por lo fuertes que eran sus brazos y cómo le colgaban. Me reí durante un buen rato, pero decidí cual sería el nombre y apellido del detective. Se llamaría Samuel Trusant. Le añadí una “t” a lo que había entendido para que pareciera un apellido francés. Luego averigüé que ese apellido realmente existía.
 
Pasados los años he vuelto a visitar el balneario, aunque no me he vuelto a alojar allí. Todo sigue igual de bonito, salvo un arreglo que han hecho en el pasillo donde se encuentra la capilla que, aunque necesario, desde mi punto de vista, no ha quedado bien rematado y le resta un poco al glamour que se respira en las instalaciones.
 
En cuanto tenga ocasión estoy seguro de que volveré.
 
Valentín Martínez Carbajo