Tarot, lectura de Tarot, escritor, novela, misterio, amistad, amor
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Ser Gay. Dejé unas notas para ti.   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Novela
Valentín Martinez
Por qué escribí la novela El Nigromante
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Por qué escribí el Nigromante
 
Mi vocación siempre ha sido la de escritor, pero he desarrollado muchas actividades a lo largo de mi vida.
 
El Nigromante fue la primera novela que me publicaron. Había escrito otra con anterioridad que se titulaba ‘La hora nona’, en la que quería reflejar la etapa que viví como postulante en una orden religiosa en forma de novela. Con el Nigromante quería poner en orden todos los recuerdos que tenía sobre mi etapa al frente de una consulta de Tarot.
 
Me han interesado todo tipo de temas, sobre todo los relacionados con la espiritualidad y la psicología, pero en mis años de juventud también me interesé por la astrología, la quiromancia, la cartomancia y otras artes adivinatorias, así como por los fenómenos paranormales. En una etapa de mi vida me dediqué a la cartomancia, podríamos decir que en un plan profesional.
 
Cuando comencé, me preguntaba si realmente era posible adivinar el porvenir de una persona. He de decir que pasé por muchas etapas en las que tuve serias dudas. Pero nunca me rendí a contestarme a esa pegunta, a saber si realmente se podían predecir acontecimientos futuros. Y si se podía, cuáles eran los resortes que los ponían de manifiesto en las sesiones de cartas que realizaba.
 
Pero pronto me di cuenta que lo de tener una consulta como echador de cartas era algo más que dedicarse a adivinar el futuro de las personas que acudían a ella. Allí descubrí que el mundo de los demás, y las relaciones, era mucho más grande, más variado y, en algunas ocasiones, más complicado que el mío.
 
Esa parte de lo que supone ser un echador de cartas fue la más me llamó la atención. Muchas de los problemas que me contaban las personas que acudían a mí me superaban. Afortunadamente la mayoría se conformaba con saber si los iban a superar en algún momento, no buscaban nada más. Era como si vinieran a desahogarse y después me pidieran una conclusión o una esperanza. Creo que la mayoría no pretendía que les adivinase nada. Lo digo después de pasados los años y con total sinceridad. Lo bueno era que acertaba muchas cosas. Recuerdo que una persona me llegó a decir: “¡Anda! ¡Un adivino que adivina!” Obvia decir que no siempre adivinaba, pero la gente seguía viniendo, por eso creo que lo que querían simplemente era que les diera algún tipo de esperanza para su vida.
 
Me impresionaban mucho cuando, a veces sin venir a cuento, me contaban como les habían maltratado, violado o abusado de ellos en su propio hogar. Me hablaban de los maltratos que padecían por parte de sus parejas, de sus obsesiones amorosas…
 
No creo que estuviera preparado para ayudar del modo que pueden hacerlo algunos terapeutas que se dedican a esas cosas. Yo creo que si se sinceraban conmigo era porque se sentían a gusto, sin ser juzgados. Tampoco esperaban ningún diagnóstico y estoy totalmente seguro de que lo que no esperaban era que yo les pudiera solucionar su dolor.
 
Escribí El Nigromante contando las historias con las que me encontré en mi consulta. Por supuesto, cambiando nombres, edades y fisonomías. Todas las consultas que describo son reales y las he puesto ahí porque, en su momento y de algún modo, me marcaron.
También he de decir que conocer los dramas personales a los que se enfrenta la gente día a día, en silencio, sin ningún tipo de ayuda, en la mayoría de los casos, me ayudó a darme cuenta de que los míos no eran tan importantes o si lo eran (que algunos sí) debía sacar la fuerza y el valor que mostraban las personas que me consultaban y tomarlas como ejemplo de superación y valentía.
 
Escribí el Nigromante como una novela de misterio. Quería que el lector estuviera entretenido con la trama de una muerte misteriosa y con las relaciones del protagonista –un echador de cartas- con su círculo de amigos y los lugares donde transcurría su vida de ocio y de relación.
 
Esos lugares eran los del barrio donde yo vivía; y los amigos de David, el echador de cartas, el nigromante -como le llamaba uno de ellos-, eran un poco, o en algún caso un mucho, un reflejo de los que fueron los míos.
 
Dediqué el libro a mis amigos. Ahora añadiría un agradecimiento a todas esas personas que pasaron por mi vida y que paradójicamente “me salvaron” de mis propias heridas y contradicciones; además de hacerme ver mi enorme ignorancia con relación al mundo y la variedad de personas que se encuentran en él.
 
Valentín Martínez Carbajo