teoría de la conspiración, teorias conspiratorias covid-19, las vibraciones personales, la ley del espejo,
teoría de la conspiración, teorias conspiratorias covid-19, las vibraciones personales, la ley del espejo,
teoría de la conspiración, teorias conspiratorias covid-19, las vibraciones personales, la ley del espejo,
Novela negra   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Espiritualidad
Valentín Martínez
Las teorías de la conspiración a la luz de nuestras vibraciones personales y la ley del espejo
teoría de la conspiración, teorias conspiratorias covid-19, las vibraciones personales, la ley del espejo,

 LAS TEORÍAS DE LA CONSPIRACIÓN A LA LUZ DE NUESTRAS VIBRACIONES PERSONALES Y LA LEY DEL ESPEJO

 Creo que el ser humano es capaz de cometer los crímenes más horribles. La historia da prueba sobrada de ello. Creo que es posible que existan grandes conspiraciones que no podamos ni siquiera imaginar, pero las teorías que están surgiendo con el COVID-19 que hablan del control de la población a través de la enfermedad, de manipulación y abuso, o las que afirman que un grupo de inhumanos mantiene prisioneros en túneles a niños a quienes les extraen sangre y hacen otras barbaridades para fabricar elixires de la juventud o para satisfacción de los potentados del planeta, como que no termino de resonar con ellas.
 
Ojalá que si esto es verdad alguien haga algo. Pero algo ¿contra quién? ¿Quién está a la cabeza de todo esto, quien es el artífice ideológico? Se habla de gente famosa y con dinero. Se habla de un tal Soros, que no sé quién es, del creador de Microsoft y de otros tantos… Se puede llegar a creer que alguien capaz de crear una conspiración de la magnitud que presentan los partidarios de estas teorías (en los que tengo familiares y amigos que lo creen y a quienes respeto y quiero), ¿no pasarían inadvertidos si lo quisieran? Se culpa a estos personajes o a un gobierno en la sombra que nadie sabe de quienes se trata, de algo abstracto y sin determinar con lo que es fácil resonar porque todos tuvimos, en algún tiempo, miedo “al hombre del saco”, que podía raptarnos y apartarnos de nuestra familia por la noche metidos en su terrorífico saco si no éramos buenos.
 
Y ahí quería yo llegar: al resonar con las cosas. A bien seguro, los que en algún momento creímos en este personaje, con quien nos intimidaban para que “fuéramos buenos”-es decir, para que hiciéramos lo que querían ellos- nos sentíamos mal porque existiera alguien así. Aunque no lo sabíamos explicar, estoy seguro que sentíamos una sensación rara al pensar en “ese desalmado”.  Ya siendo adultos podríamos identificarla con la rabia, la ira o el desprecio que genera un personaje así cerca de nuestra vida.
 
Afortunadamente, hoy en día, se comienza a identificar mejor las emociones en uno mismo; pero lo normal es no saber ni siquiera nombrarlas y lo peor de todo ello, no se sabe identificar su origen.
 
Si la emoción o el malestar se queda como algo confuso que experimente nuestro ser, igual de confuso se muestra el origen. Seguramente se pensará que no hay un origen, que uno siente lo que siente porque la vida es así.
 
Muchas veces me he preguntado por qué me identifico con determinados movimientos ideológicos, por qué resueno con las vibraciones de quienes están desprotegidos y me uno a la causa de tratar de “salvarlos” apoyando a organizaciones que les dan un hogar, que los protegen, que, en definitiva, los ayudan. En mi superficie pienso que simplemente quiero ayudar, sacarlos de esa situación, que es de buenas personas actuar así. ¿Pero por qué, y, desde la óptica de la teoría de las resonancias y del espejo, “para qué”?
 
De lo que yo me di cuenta, en mi caso, es que, al ver a seres desprotegidos, ya fueran niños, jóvenes o adultos, me sentía mal y no sabía el porqué. Entonces hacía donativos, apadrinaba, en resumen, hasta donde podía, apoyaba a esas organizaciones que los protegían y ayudaban a salir adelante y a crecer.
 
No todo el mundo se siente mal al ver a los desfavorecidos. Algunos comprenden que se debe ayudar al que menos tiene, pero no resuenan con su dolor, si no se lo hacen ver quizá hasta les pasen desapercibidos. Nadie tiene por qué resonar con nada en especial porque las emociones que uno siente no las siente por obligación ni por imposiciones morales. Resuena porque ha vivido algo similar, una vibración similar que, al estar en contacto con ella, le hace vibrar también, como dos cuerdas de una guitarra con la misma nota. Basta con que una suene, para que la otra se ponga a vibrar a la par, mientras el resto de las cuerdas no se mueven ni un ápice.
Cuando colaboraba con esas organizaciones benéficas, mi dolor se calmaba. Me di cuenta de que colaboraba porque algo vibraba en mí al ver a los que padecían. Es como si tuviéramos la misma vibración y al tener frente a mí su dolor, hiciera despertar y vibrar mi propio dolor poniéndolo de manifiesto.
 
Esa es una de las variables de la teoría del espejo. Vibramos con lo semejante.
 
Más tarde, cuando descubrí esta teoría me pregunté ¿para qué colaboraba? Sin duda ya me había respondido, para calmar la vibración de mi propio dolor, después me hice la pregunta clave: ¿qué cosa mala u horrible me pasaría si yo no colaborara?, ¿quizá sentir más dolor? No. Si yo no colaborara tendría que enfrentarme al origen de mi propio dolor, al que solo fui capaz de enfrentarme con los años. Tendría que reconocer que mi entorno no me protegió, que los que tenían que ayudarme no me ayudaron, que me hicieron sentir desvalido…
 
Mucha gente no se atreve a mirar ahí porque cree que está juzgando a sus padres o entorno familiar y moralmente no se lo permiten. Pero no se trata de juzgar o de culpar, se trata de reconocer como viviste tú lo que pasaba a tu alrededor y explicártelo a ti mismo.
Casi nadie es realmente culpable de nada. Por eso Jesucristo le pidió a su Padre que perdonara a los hombres que lo crucificaban, porque realmente era consciente de que “no sabían lo que estaban haciendo”. Y así continuará sucediendo si no ponemos luz en ello.
 
Cuando uno pone luz en el origen de sus problemas emocionales, el propio cerebro se encarga de reestructurar su psiquismo. Hay que tener en cuenta que los problemas permanecen en nosotros porque cuando sucedieron no podíamos explicarnos lo que pasaba, ya que la zona del cerebro que razona y pone “las cosas en su sitio y en su justa medida” apenas había comenzado a formarse. Los científicos dicen que termina de formase sobre los veintiún años. Si no ponemos luz a nuestros conflictos internos, y no nos los explicamos, continuarán haciéndonos daño de por vida. Es como si al verlos se rompiera el “maleficio”. De hecho, es así.
 
Cuando me di cuenta de que mi dolor era por mí y no por ellos. Aunque de algún modo seguí colaborando, decidí sanarme antes de continuar. Sanar al niño herido y abandonado que en algún lugar remoto vivía en mí y que vibraba al ver a otros como él. Después de todo, la caridad, bien entendida, empieza por uno mismo.
 
Me pregunto, al pensar en las Teorías Conspiratorias, cuántos no vibrarán con la sensación de control del estado, apoyándose en la enfermedad, porque en algún momento de su vida, en la que no tenían apenas autonomía, fueron controlados por alguien cercano que se sirvió de la enfermedad para violentar su voluntad y negarlos sus propias necesidades.
 
Antes, y todavía en quienes no son muy conscientes, los hijos son obligados por los padres, por la costumbre y sin pretenderlo, a que sean padres de ellos mismos, cargándolos con responsabilidades que no les corresponden. Les extraen “la sangre”, su energía vital, utilizándolos para aliviar sus cargas, sus problemas. Los manipulan, abusan emocionalmente de ellos y todo bajo la superficie, en los túneles que tiene cada familia en su propio hogar, donde nadie les ve.
 
Las personas se afilian a esas teorías porque vibran con el abuso, ya sea sexual o emocional, porque vibran con la manipulación que sufrieron en el seno de su propio hogar, porque a algunos les quitaron su juventud unos padres poco evolucionados y hasta pretendidamente bien intencionados.
 
Se sienten mal por todas esas cosas y acusan al “hombre del saco”. ¿Por qué lo hacen, por qué localizan el origen de su malestar fuera? Porque de no hacerlo tendrían que mirar hacia los propios túneles simbólicos que existían en sus casas, porque tendrían que enfrentase al hecho de que sus seres más queridos abusaron de ellos, tal vez utilizando su enfermedad para manipularlos o simplemente los controlaron en exceso y vibran con ello. Con el control del papá o mamá Estado, con el control del papá o mamá omnipotente que, a esas edades, nos parecen los padres; del mismo modo que nos parecen, ya siendo adultos, todos esos hombres y mujeres ricos y poderosos en los que proyectamos el control al que fuimos sometidos por personas “iguales” de poderosas que ellos y que entonces estaban a nuestro lado.
 
Las teorías de la conspiración nos sirven para no tener que enfrentarnos a nuestros propios dramas y horrores. Creo que la mayoría de las personas se adhieren a ellas porque sería demasiado doloroso mirar en su interior. En consecuencia, proyectan e identifican fuera a los causantes de su propio dolor, sin duda no resuelto.
 
En referencia a la violencia en las manifestaciones solo decir, que cuánta más violencia o rabia se manifiesta contra el “hombre del saco”, identificándolo con el Estado o las Fuerzas del Orden, más oscuros y tenebrosos fueron los túneles en los que vivieron y padecieron quienes ahora actúan así.
 
Creo que el virus del COVID-19 no sólo trata de salvar la biosfera, sino que está tratando de limpiar las alcantarillas de nuestro ser poniendo de manifiesto los desechos emocionales que hay dentro de nosotros para que al verlos podamos eliminarlos y tener una existencia con mayor calidad emocional.
 
Dicho esto. Todo mi respeto para quienes creen realmente en estas conspiraciones. En todo hay alguna parte de verdad. Lo que acabo de exponer aquí solo es una visión, mi visión a partir de La ley del espejo y las vibraciones. Seguro que hay otras que contemplan todo esto desde otros ángulos. No seré yo quien diga “de esta agua no beberé” porque sé que, tarde o temprano, bebería tres cántaros.
Valentín Martínez