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Espiritualidad
Valentín Martínez
El Ego y las vibraciones personales
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El Ego y las vibraciones personales

Antes de decir qué es el ego tenemos que dejar claro lo que no es. Una confusión muy común es pensar que el ego es aquella parte de nosotros que busca la atención de los demás y la comparación de nuestras cualidades con las del resto de personas de nuestro entorno, equiparándolo con el tan “pecaminoso” orgullo. Sentir orgullo por uno mismo generalmente no era bien aceptado porque se identificaba con la soberbia o la vanidad. Hasta que no se empezó a hablar de autoestima, daba la impresión que mirar por uno mismo era poco menos que una falta terrible. Como veremos, la autoestima es una de las múltiples facetas que está integrada en el ego que puede estar descompensada o en equilibrio. De estar descompensada nos generará algún tipo de problema y podrá suponer algún obstáculo para nuestra evolución personal y espiritual.

Dejado claro este punto fundamental podemos decir que el ego es un conjunto de programas o comportamientos repetitivos y automatizados, que se va formando o instalando en nuestra vida, cuyo conjunto identificamos como nuestro Yo, nuestra manera de ser y estar en el mundo. Es lo que muchos llaman la “mente funcional”, la que nos permite ordenar nuestro día, priorizar nuestras acciones, calcular los gastos que generamos, planificar nuestro futuro, determinar nuestro comportamiento, etc.

Otro error es pensar que debemos o podemos deshacernos del ego, algo que es imposible ya que es un Gran Programa, o software, que engloba innumerables programas que nos permiten organizarnos en nuestra vida diaria. Al ego hay que domesticarlo, pero tenemos que identificarlo en nosotros, observarlo, ver que partes del ego nos benefician y cuales nos perjudican. Con las que nos benefician obvia decir que no debemos hacer nada con ellas.

Esos programas que forman el ego definen las actitudes que mostramos frente al trabajo, frente a los conflictos que surgen en ese ámbito, definen nuestro comportamiento o conducta frente a la familia, amigos, o personas con las que nos relacionamos, etc. Estos programas marcan nuestras rutinas, ya sean buenas o perniciosas, al ego no le importa porque no distingue, se limita a ponerlas en marcha, pero cometemos el error de pensar que “todo eso” somos nosotros, pero es nuestro yo de superficie, nuestro ego.

Una de las principales razones por las que no somos capaces de identificar plenamente al ego es porque todos esos programas son automáticos y suelen pasar desapercibidos para nuestra conciencia. Únicamente nos preocupamos por hacerlo, por identificarlos, cuando alguno de esos programas nos hace daño.

Descubrir la estructura de nuestro ego particular es una tarea larga y ardua porque significa mirar dentro de nosotros y habitualmente donde nos da más miedo. Hasta que no te pones manos a la obra no te das cuenta de lo difícil que es y la fortaleza que tienes que utilizar para mirar hacia las emociones que se generan en tu interior como consecuencia de los programas que conforman el ego.

Vamos a poner un ejemplo. Imaginemos que, en el campo de las relaciones, cuando tenemos un conflicto con alguna persona nuestra forma de enfrentarlo es callarnos y alejarnos de ella como forma de castigo y resolución. Este sería el ejemplo de un programa. Otra persona podría actuar, frente al mismo problema, hablando, intentando hacerse comprender y no parar hasta haberlo resuelto. Quizá otra simplemente vocearía e incluso puede que golpeara al que tiene enfrente para zanjar el asunto.

En todos los casos quien actúa es el programa particular de lo que creemos el YO de cada uno, solo que en realidad no es realmente una parte del YO, ya que no actúa como consecuencia de nuestra voluntad sino como un automatismo. Por eso suele hablarse del ego como la máscara que hay detrás de nuestra verdadera identidad, cuyo trabajo personal es la de descubrirla y, de este modo, poder hacer que esa mente funcional o ego se active o se desactive de manera voluntaria; algo que supone recorrer un largo camino.

Volviendo al ejemplo de las relaciones, una de las claves para desentrañar el mecanismo de esos programas que forma el ego es el saber que cuando reaccionamos de tal o cual modo (huyendo, hablando, golpeando, etc.) lo hacemos porque existe una emoción de fondo que necesitamos silenciar. Para el que huye, la emoción puede ser la vergüenza que le produce el desencuentro con el otro; para el que habla también podría serlo, pero ha aprendido a silenciarla hablando hasta que soluciona el problema, y para el que golpea puede ser la ira, habiendo aprendido a silenciarla con una conducta punitiva.

El quid de la cuestión es que esa emoción nos suele pasar desapercibida. Pasamos del conflicto a la acción sin darnos cuenta que la acción está motivada por una emoción desagradable que hemos aprendido a apaciguar o silenciar con nuestro modo particular de actuar.

Cuando nuestros programas están muy arraigados y se repiten las mismas circunstancias una y otra vez en nuestra vida, aunque en la superficie de nuestro ser no sintamos la emoción, se encuentra lista para ser “disparada”. Incluso podemos volvernos adictos a ella y buscarla de manera inconsciente provocando, también de manera inconsciente, los acontecimientos que la despiertan.

Por otra parte, está la ley de la vibración. Nuestras emociones vibran en nosotros, hacen vibrar todo nuestro ser, especialmente nuestro cuerpo y es bien sabido que atraemos todo lo que vibra en nuestro interior. De este modo, esa emoción que generalmente no podemos mirar, ya sea porque nos asusta o porque no seamos capaces de ponerle nombre e identificarla, hará que lleguen hasta nosotros circunstancias o acontecimientos que la generen.

Cuando no podemos más, es cuando empezamos a mirar porqué nos suceden este tipo de cosas. Primero culpamos a nuestro entorno, a nuestros “adversarios”. Pero cuando nos damos cuenta de que solucionamos un problema – que es siempre el mismo problema-, vuelve a aparecer en otro lugar, una y otra vez. No importa lo lejos que nos vayamos o a la gente que apartemos de nuestra vida, pues nuestra vibración hará que de nuevo nos encontremos con el conflicto, atraerá ese conflicto.

Tomar conciencia de los programas de nuestro ego y de la emoción que los activa y de la que huimos o queremos silenciar con nuestra conducta o forma de actuar, es el primer paso para tomar el control sobre él.

Tomar conciencia de esa emoción, mirarla, aceptarla y permitir que vibre en nosotros hasta dejarla ir sin reaccionar, es decir no haciendo lo que hacemos siempre, es la única manera de eliminarla y desmontar el programa.

Repetir una y otra vez, por ejemplo, “cuando me vuelva a encontrar con este problema, actuaré con calma o lo ignoraré”, a modo de sugestión positiva, no desactivará el problema, ya que no estamos actuando sobre la emoción que pone en marcha el programa. Lo primero que hay que hacer es encontrar esa emoción y después conseguir que se vaya, dejarla ir simplemente observándola, sin huir de ella, permitiendo que esté hasta que nos diga adiós.

"Tú llevaras el yugo que venías a deshacer.

Tú llevarás la angustia que quisieras curar".

Nos dice Sri Aurobindo. El camino de la evolución espiritual y personal está lleno de espinas y emboscadas. Debe ser así ya que son necesarias para fortalecer nuestro verdadero Ser y nuestro espíritu. Así que no debemos ceder hasta alcanzar la cima, nuestra propia cima, y ver a nuestro alrededor, materializada, la vida con la que siempre hemos soñado.

Valentín Martínez

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