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Novela negra   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Relato
Valentín Martínez
Parejas. La cigarrera
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 Parejas. La cigarrera.

  Al fondo de la barra estaba ella. Risueña, de pelo negro y cabellera larga. Guapa, delgada, con la columna y pierna izquierda deformadas por la poliomielitis. A su derecha, sobre la barra, apoyada en la pared, una especie de casita hacía de expositor de cajetillas de tabaco. Aunque el local no lo vendía, y era dudoso que pudiera hacerlo ella, todo el mundo hacía la vista gorda; todo el mundo. El bar estaba en pleno centro, cerca de la catedral, decorado con estilo modernista; ya siendo casi un emblema de la ciudad, destacaba por todo: su larga barra de mármol blanco, la madera de sus muebles y ventanales, sus fotografías en blanco y negro, los espejos, su suelo ajedrezado y sus apliques que, cuando anochecía, con su luz, daban a todos los colores del local un tono pastel que verdaderamente te conducía a otro tiempo.
 
Allí siempre había gente. Por la mañana, a la hora del almuerzo, se llenaba y por la tarde, a partir de las siete, rara vez había una mesa libre. A pesar del gentío las conversaciones fluían siempre en tono moderado. Sin duda, allí se podía hablar. Y hablar y escuchar era lo que mejor se le daba a aquella cigarrera del siglo veintiuno. Ya no era tan joven. En realidad, sería mejor decir que no era joven y su sonrisa había perdido la misma calidez que sus manos, que ahora tenía siempre frías. A última hora, iba a recogerla su marido. El pobre había envejecido muy mal. Cuando se conocieron era un joven guapo, bien formado, rubio, con el pelo rizado. Parecía realmente un querubín, pero de verdad, hecho ya un hombre. Nadie habría dado un duro por ellos -lo que vendría a ser ahora menos de un céntimo de euro-. Pero ya ves. Se habían conocido en otro bar. Allí vendía ella cigarrillos a los maricones, cuando todavía no habían adquirido el estatus de gais y se les consideraba seres invertidos y despreciables. Aquel, por entonces muchacho, no era homosexual, pero estaba allí, tomándose una cerveza con sus amigos, después de haber estado tocando el teclado con su grupo. Él era músico… lo tenía todo. Ella puso sus ojos en él y lo embrujó. Y hasta ahora duraba el embrujo.
 
Sobre las siete llegaba ella al bar, que olía a café. Hacía su entrada con pausa, apoyada sobre su muleta, elegantemente vestida con abrigo, pantalón y jersey de cuello alto, todo de color negro. Cuando el camarero de turno la veía entrar ponía junto a la barra un taburete, su taburete. Y después sacaba de uno de los muebles el expositor que ella iba llenando con los paquetes de cigarrillos que llevaba en el bolso.
 
Aunque en el interior, evidentemente, no se podía fumar, lo cierto es que vendía bastante. La mayoría aprovechaba para hablar con ella, que no había perdido la paciencia a la hora de escuchar y además participaba gustosa de cualquier cotilleo.
 
Aquella tarde, casi antes de haber terminado de colocar el tabaco, se le acercó Julia. Era una mujer de unos cuarenta años, no tendría muchos más. De aspecto juvenil, muy atractiva y desenvuelta. Pidió su cajetilla y la cogió mirándola con aire ausente.
 
- ¿Qué tal va lo tuyo? - Preguntó la cigarrera.
 
Julia arrastró uno de los taburetes que estaba libre, se sentó, dejó el importe del tabaco sobre la barra y empezó hablar.
 
-Hace casi un mes que no me llama –comenzó a decir con los ojos puestos en el paquete de cigarrillos-. No me lo puedo quitar de la cabeza… Con lo bien que empezó todo.  –Guardó el tabaco en el bolso de su abrigo y sacó el móvil. - Solo le pido que antes de quedar con otras parejas, esté un rato conmigo. Ya sabes que yo solo hago los intercambios de parejas por él, por estar con él… No te digo que no me guste hacerlo, pero ahora sólo voy por él. Me pongo mala cuando le veo con las otras… Así llevamos casi dos años. Ya solo me llama para eso. Nunca me había enamorado así. Ni cuando estuve con aquel otro que me traía de cabeza. Mira la última foto que me mandó. –Abrió el whatsapp y se lo mostró.  La cigarrera dio un suspiro y le lanzó una sonrisa cómplice a Julia. La fotografía era de un hombre moreno, musculado, vestido con traje de montar, de píe junto a un caballo. - Encima como trabaja de ingeniero para una empresa inglesa le tienen todo el día viajando… Estoy muy desganada.
 
- ¿Y tu marido y tus hijos? ¿Te separarías por este chico?
 
-Mi marido es un buen padre y un buen marido –dijo en un tono firme, sin dudar-. No lo creo, aunque… ya sabes… yo le quiero, pero también quiero a mis hijos, a mi hermano, al gato… No sé, yo necesito algo más y cuando lo tengo, con mi familia estoy más feliz. ¿Te parece que estoy loca?
 
-Claro que no. Lo que no sé es ¡cómo lo haces! Cómo haces para organizarte con tus novios y con tu familia; porque lo tuyo es “mu complicao”, Julia, hija mía. Yo estaría de los nervios y estoy segura de que ni se te pasa por la cabeza que se pueda enterar tu marido.
 
Julia seguía jugueteando con el móvil oyendo a la cigarrera, pero sin escucharla.
 
-Te dejo. He venido con Olga… Esa sí es una guarra… No estará casada, pero que yo sepa estuvo saliendo con tres tíos a la vez.
 
Julia se marchó a su mesa. La cigarrera miró hacia la puerta y olvidó casi al instante la conversación que acababa de mantener. La temperatura era muy agradable, teniendo en cuenta que en la calle había bajado la niebla y el termómetro marcaba menos un grado. El tiempo transcurrió para unos despacio y para otros tal vez más deprisa. Salvo dos mesas en un rincón y otra pequeña, junto a la entrada, durante toda la tarde el local había estado casi lleno. Un poco más despejada había estado la barra, quizá. En aquel momento, la cigarrera admiraba las cortinas de encaje de los ventanales recogidas parcialmente hacia los lados y, desde la lejanía de su rincón, también miraba hacia la calle donde la luz de las farolas dejaba ver el paso de los apresurados transeúntes ateridos de frio.
 
Se abrió la puerta y entraron dos hombres. Para el mal tiempo que hacía apenas iban abrigados con unas cazadoras de tela. Se acercaron hasta la cigarrera con una sonrisa. Se conocían del bar de ambiente dónde ella empezó a vender el tabaco; eso suponía que habían transcurrido muchos años.
 
Uno de ellos fue a sentarse en el taburete en el que había estado sentada Julia, cuando el otro se adelantó y, dándole un pequeño empujón, se sentó antes que él.
 
- ¡Apártate, puta! –dijo al otro con desdén.
 
- ¡Te he dicho un millón de veces que no me gusta que me llames puta! – Dijo el que se tuvo que quedar de pie-. ¡Llámame puto o maricón, pero no vuelvas a hablarme así, gilipollas! –Le dio un beso a la cigarrera y se marchó dejándolos solos, no sin antes mirar muy serio a su compañero-. Un día de estos voy a cansarme y voy a dejarte de verdad, ¡payaso!
 
-Casi acabamos de llegar del pueblo –dijo el que se quedó, después de escuchar abrir y cerrarse la puerta del establecimiento-. Di que me preguntó si quería que bajáramos a tomar una birra; y ahora mira cómo se pone por nada.
 
-Desde que os conozco lleváis toda vuestra vida juntos discutiendo –dijo la cigarrera.
 
-Somos así… - Contestó fríamente y con rotundidad. Como quien dice que es moreno o pelirrojo-. Lo que ha pasado hoy en casa ha sido muy fuerte. Mi hermana nos dio una caja con mandarinas para nosotros y para repartir con la familia. Nada más llegar aquí apartamos las nuestras y Alejandro hizo dos bolsas con el resto. Una para mi hermano y otra para llevarle a su madre. Las miré y le dije que había puesto más mandarinas en la de su madre; y el tonto se empezó a reír. Yo le escupí el chicle que tenía en la boca y le di con él en un ojo… – Se quedó pensativo-. Creo que a veces… me comporto como si fuera una persona horrible.
 
- ¿Y qué hizo él? –Preguntó divertida la cigarrera, por lo delirante de la situación, tanto más, cuando ambos eran profesores de universidad y se les suponía otro talante.
 
- ¡Ha sido terrorífico! Ni te lo imaginas. El muy tonto cogió…
 
No le dio tiempo a responder. Pues, de pronto, la cigarrera se quedó mirando hacia la puerta del bar sonriendo, como cuando sonreía en aquellos años en los que se conocieron todos. Ya no le seguiría escuchando, así que la dejó de hablar. Había entrado a buscarla su ángel rubio -que ahora sólo era un hombre maduro y calvo- y, con ella, ante ese hombre…, nunca hubo nada que hacer.
 
 Fin